Choele Choel. Escenas de la inundación

La expedición al Río Negro, que apenas se menciona como un acontecimiento, al cual debemos la posesión de quince mil leguas de territorio arrancadas al salvaje, tiene para el ejército argentino un poquito de gloria, y merecen siquiera un recuerdo de gratitud los veteranos que la realizaron. He observado que, cuando se quiere hablar de abnegación y de estoicismo militar, los eruditos apelan a historias extranjeras, y mas extranjeras, antiguas, cuando no dudosas.

Para levantar el espíritu del soldado se echa mano de Leónidas en las Termópilas; y nadie ignora lo que contestó el espartano cuando oyó decir que las tropas de Jerjes eran tan numerosas que con sus flechas cubrirían el sol. En cambio, nadie o muy pocos salen del Colegio Militar sabiendo lo que fue Curupayty, y mas conocemos de las correrías de Atila en el imperio romano que de nuestras legiones en el desierto.

Dentro de un siglo – siguiendo como vamos – nuestros bisnietos discutirán todavía si Cambronne dijo o no aquello en Waterloo, pero no sabrán quién fue Villegas, Lavalle, Maldonado, Racedo, Lagos, Freire, etcétera. Verán lo que fue el desierto cuajado de ciudades, sembrado de villas, desbordante de riquezas; y si bien conocerán al dedillo los detalles de la rendición de Granada, ignorarán supinamente que Lavalle, Junín, Trenque Lauquen, Carhué, etc. valen la pena para nuestra historia militar – como recuerdo de heroísmo, como tradición de gloria – más, muchísimo más, que Troya con su Príamo y Grecia con su Aquiles.

Como empresa militar, como hazaña del genio, como rasgo de audacia de un hombre, está fuera de duda que la expedición de Alejandro al Asia no tiene parangón en la historia. Pero campaña cruenta, arriesgada, penosa, permítasenos pedir un lugar no despreciable para la expedición al Río Negro.

No se la juzgará digna de que un Homero la cante e inmortalice; pero no se le niegue tampoco el derecho de vivir en la memoria del ejército, ya que parece borrada de la imaginación del pueblo.

El 25 de mayo de 1879 el Regimiento 3° de Caballería de línea y el bizarro 2° de Infantería saludaban el sol de la Independencia argentina en la costa del río Negro, término de aquella campaña que suprimiría al desierto, abriendo a la civilización de medio continente el vasto territorio que abandonaban sus dueños primitivos.

Tres días después del resto del ejercito se reunía a la División Villegas, y bajo órdenes del General Roca, campaba en una rinconada que formaba una curva del río para echar allí los cimientos del pueblo que se bautizó en el nombre del ciudadano que ocupaba la presidencia de la República. Choele-Choel fue llamado Avellaneda.

Allí, en aquel valle exuberante, donde la vegetación asombraba por su fecundidad prodigiosa, los ingenieros trazaron calles y plazas, dividieron en solares las manzanas y hasta indicaron con estacones los puntos de porvenir. Alguien dijo, entonces, que unos indios, antiguos moradores de aquel lugar, hablaban de inundaciones periódicas que cubrían el suelo en que el pueblo se trazaba. Pero, si esto es cierto, no debió tenerse en cuenta mayormente cuando se trataba del dicho de un indio que pretendía rebatir la ciencia de un ingeniero.

El pueblo se delineó, y las tropas – a la orilla misma del río – dieron principio a sus cuarteles provisorios. El frio – era el mes de junio – arreciaba y aquellos hombres, después de una campaña que duró dos meses, bien ganado tenía el derecho de vivir bajo una enramada de junco.
Ante todo permítasenos consignar los cuerpos que fundaron a Choele-Choel: Infantería: 1°, a las órdenes del comandante Teodoro García; 2°, Benjamín Moritán; 6°, Manuel Fernández Oro. Caballería: 1°, mando por Manuel J. Campos; 3°, Germán Sosa1, 5°, Lorenzo Vintter; 11°, Marcial Nadal. Un escuadrón del 1° de Artillería, a las órdenes del mayor Voilajusson, y la tribu de Pichihuincá. Total: de 1200 a 1500 hombres. El todo a ordenes del coronel don Conrado E. Villegas.
A mediados de junio, dejando terminada la campaña, el general Roca se despidió del ejército. Venia a la capital a dar cuenta de su empresa y a contestar, por la memoria de Alsina, que la conquista del desierto había concluido como problema militar.

Namuncurá, el heredero del rey de la pampa, yacía del otro lado del Negro, en pleno dominio de araucanos, mendigando de su tío Renque Curá un asilo y una ayuda. Baigorrita, el ranquel terrible, vagaba a orillas del Colorado con los restos de su tribu, esperando la hora ultima de su reinado, que lo fue también de su vida.

El ejército podía descansar.

Era aquella campaña su ultima etapa en el desierto. Iban a terminar sus fatigas, y una era nueva se abría a sus miradas.

La tropa participaba del jubilo de sus jefes y oficiales.

El paisaje risueño de aquellos campos, soñados eriales y vistos cubiertos de de magnífica vegetación; aquel rio imponente, que arrastraba en sus corrientes el pino de los Andes; el clima, el aire, todo inspiraba no sé qué de grande y sublime que sobrecogía el alma y predisponía el espíritu de la alegría.

Una mañana, cuando en un grupo de oficiales nos entreteníamos calculando sobre el porvenir de aquel pueblo que habíamos demarcado o visto demarcar, un indio viejo se acercó a nosotros y en su media lengua nos hizo comprender que todo aquello que pisábamos, el pueblo, el campamento entero, no tardaría en ser la sepultura del ejército. Dijo que hacía veinte años merodeaba por aquellos lugares y que siempre aquel rio tan manso, tan claro, había tenido arrebatos de cólera terribles.

Cuando allá lejos, agregó, en tierra de chilenos llueve, el río negro crece, se hincha, y revienta luego inundado estos valles y haciendo de ellos inmensos océanos profundos.

No hicimos caso.

Y así pasaron las horas y los días, hasta que, al fin, una mañana, Villegas, alarmado, miró las aguas del negro, cuyo nivel en seis horas había ascendido treinta centímetros. A la tarde se habló de abandonar el campamento; pero al ordenarse el arrimo de las caballadas supimos que los arroyos que cruzaban el valle estaban a nado y que la salida era imposible. Estábamos a 17 de julio.

Los primeros tres días se carnearon las reses que el proveedor tenía en el corral para el consumo de uno solo.

La división se hallaba sitiada por el agua. A la espalda el rio, a los flancos y al frente el caudal de los arroyos desbordados en el valle, avanzando amenazante, furioso, cual si aquello fuera un ser con vida animado del propósito de aniquilarnos. Se levantó un parapeto para impedir que el agua llegara a las habitaciones.

Se quemaron las cuadras de la tropa y los ranchos de los jefes y oficiales para la guardia y los fogones.

Faltó la carne.

El ayudante Conde, por orden del jefe de la división, había reunido los caballos de servicio que quedaron en el campamento y los repartía a los cuerpos en porciones tan repugnantes por el estado de los animales, como homeopáticas por la cantidad.

Sentíamos hambre y frio.

Faltó la sal.

El suelo, bajo la presión del pie, se hundía; el agua brotaba de todas partes; y si embargo,
La tropa hacía ejercicio, las banas de música llenaban el aire de armonías y el jefe hablaba de ordenanza y de reformas, se mostraba entero, sublime, con la conciencia del peligro, pero con la abnegada arrogancia del héroe que burla la muerte provocándola a una lucha brazo a brazo.
¡Qué temple de alma el de Villegas!

¡Qué hombres aquellos: Campos, García, Fernández Oro, Sosa, Solís, Victoriano Rodríguez, Cerri, Nadal, Ruibal… qué sé yo! ¡Una legión de valiente que no desmerecerían en la Ilíada!

¡Y la tropa!

En aquella división no había un solo hombre que diera por su vida un mes de sueldo. No obstante, de noche, antes de la hora del silencio, la guitarra se oía en todos los fogones, sin verse una sombra en ningún rostro.

Si Dios había decretado la muerte para aquellos leones, debió conmoverlo tanto heroísmo, tanto desprecio por la vida, que levantó la condena.

El 5° de Caballería2, a órdenes de Vintter, que se había separado de la división para ir a Fico-Menocó (hoy general Roca), no tuvo tiempo de dejar el valle y estaba cercado por la inundación.

Su tropa dormía sobre un pantano, en medio de la caballada muerta, cuyos miasmas envenenaban el aire. Con descarga de carabina pedía auxilio anunciaba la gravedad de su situación.

Nosotros las oíamos, pero ¿qué hacerle? ¿No era nuestra suerte igual? El cadete Crovetto – del 3° de Caballería -, hoy capitán en el Estado Mayor, acompañado de algunos soldados nadadores, fue desprendido una tarde en busca de hacienda para la división.

Cruzó heroicamente aquel mar helado, y dos días después volvió deshecho por la fatiga, desgarradas las carnes por las espinas de los chañares ocultos debajo del agua, conduciendo unos novillos que halló refugiados en un albardón. Al cruzar el paraje donde el ingeniero había trazado la plaza principal del pueblo Avellaneda, el agua era allí tanta y tan rápida su corriente, que para salvar la vida vióse obligado a abandonar la hacienda.

Al fin con algo llegó; y ese algo fue la vida de la División. Debido a su arrojo temerario no ayunamos completamente esos días. Se le dieron las gracias y ascendió un año después al empleo de alférez, no en premio a su valor, sino en mérito de ser demasiado viejo para aspirante. He buscado inútilmente en el archivo del ejercito expedicionario alguna orden en que se mencionaran tantos hechos de abnegación como en aquellos días se realizaron, y no encontré ninguna. Cuando más – me consta – el jefe de la División agradecía de palabra en nombre del Gobierno.

Y mientras en el valle se sufrían privaciones y aguantaban miserias de todo género, en la loma, a dos leguas de nosotros, se descubría el humo de los fogones al calor de los cuales departía el comisario pagador con los vivanderos llegados de Patagones y allí detenidos por la creciente.
Los milicos de buena vista aseguraban que se distinguía claramente el ganado que no podía llegarnos, y hasta pretendía contar las carretas cargadas de víveres o llenas de baratijas.
Nuestra situación tenia algo de suplicio de Tántalo.

No recuerdo cómo se obtuvo un bote3, pero sí no he podido olvidar que aquella embarcación recorría os puntos donde habían quedado guardias de caballada y que eran sus tripulantes quienes nos daban noticia de tanto compañero aislado en medio de aquel infierno. El teniente Villoldo (muerto el 26 de julio del 90 por las fuerzas del cantón situado en la calle Piedad y Talcahuano), del 1° de Caballería, vivía con la fuerza a sus ordenes en las ramas de un árbol y así se sostuvo una semana.

Otros, como sargento Carranza, del 3° de Caballería, se salvaron después de haber pasado ciento y tantas horas con el agua escarchada hasta las rodillas y con la carabina a media espalda y el morral cargado de munición de cintura.

Cuando en el campamento se perdió la esperanza de salvación, se aprovecharon las ultimas maderas de los ranchos para hacer balsas. Creo que se construyeron seis o siete capaces de sostener todas ellas la centésima parte de la división. Pero este medio de salvación no dejaba de ser tan peligroso como el abandono; pues dado el caso de que las circunstancias obligaran a usarlas, es decir, cuando empezara a oírse el grito de ¡salvase quien pueda!, ¿quiénes la ocuparían primero? Y los que se salvaran primero, ¿cómo volverían las balsas a los que quedaban?

Entiendo que nunca se pensó seriamente en aquel recurso y que las tales balsas se hicieron mas para infundir confianza que para utilizarlas en realidad.

El hoy general Cerri, jefe del Detall, era quien seguía el movimiento del río, observando en una señal que había colocado su ascensión cada vez mayor.

Sin embargo, en su cara inalterable como la de una estatua, jamás pudimos conocer la verdad del peligro.

Un día lo detuvimos, en momentos que venía, tal vez, de comprobar que sonaba nuestro último momento, y nos permitimos preguntarle:

¿Y, comandante, eso sube?

¡Qué esperanza, amigo! ¡ha bajado dos milímetros! Ya no hay peligro alguno.

Y aquel hombre, que tenía en el corazón el recuerdo de su esposa y de sus hijos, que tenía la convicción de no verlos jamás (había observado que el rio crecía furiosamente), para infundirnos confianza nos llevó a su toldo y celebrando lo que él llamaba nuestra escapada, entre risas y picantes comentarios, distribuyó idealmente en los bolsillos dela división el tesoro del pagador y en las maletas de los milicos vació aquellos carretones que divisábamos a lo lejos y que hacíamos cargados de cuanto el estómago ambicionaba.

El peligro fue inminente una mañana. El parapeto se desmoronaba y el agua avanzaba impetuosa, amenazando el ultimo albardón que pisábamos. Las bandas e música, en tanto, hacían oír sus mejores piezas, y con la muerte a un paso, las compañías y escuadrones pisaban barro, obedientes a la voz del instructor que mandaba el ejercicio.

Aquello se hundía, iba a desaparecer una división del ejército, pero con las armas presentadas, batiendo marcha, al aire la bandera azul y blanca, despidiéndose de la vida sin miedo, sin afectación, con la altiva arrogancia que infundían en el alma las notas del Himno Nacional.

Iba a desaparecer una división, no vencida por los hombres, sino cercada y exterminada por Dios.
Y al desaparecer quería ser digna de sí misma y del poder que la vencía.

¡Honor mil veces a soldados de ese temple!

Me atrevo a decir que nadie confiaba ya en la salvación del ejercito expedicionario, cuando la bajante del rio se pronunció.

Fuera tan grave el peligro, dependió de tan poco la perdida de la División, que parecía verdadero milagro ver desaparecer el agua poco a poco de aquel valle, que pudo ser la sepultura nuestra.

Después de catorce días de sitio, el océano desaparecía dejando descubierto un pantano inmenso de mas de dos leguas que debíamos salvar en el acto.

Los indios, en quienes empezaba a creerse, decían que esa bajante era momentánea, que no tardaría una nueva inundación más grande y más peligrosa.

Con estas noticias la evacuación del campamento se imponía sin demora. Además, la carne y los víveres faltaban y el estado del suelo, fangoso y movible, no permitía el trafico de carros ni aun el de caballos.

El 7 de agosto al aclarar el día, y aprovechando que la escarcha había endurecido el pantano, emprendimos la salida a pie, cargados con las armas y las monturas. Era aquel un día espantosamente frío, nublado, triste, como si el tiempo se condoliera de nosotros.

La primera hora del camino no fue del todo mala. El barro endurecido soportaba, sin hundirse, el peso del cuerpo, pero cuando el viento empezó a derretir la helada aquello fue horrible, sin nombre.
Los soldados, agobiados bajo el peso de las monturas, se pegaban al fango, dejando las botas en las grietas del terreno. Las mujeres de la tropa, cargadas con los trastos de cocina las unas, con los hijos otra, avanzaban dolorosamente, ensangrentados los pies, las ropas desgarradas, anhelantes por llegar a la loma salvadora. Llevábamos seis horas de fatiga y apenas habíamos adelantado una legua. Aquello era el prologo que faltaba al drama de la inundación.

A medida que avanzábamos, descubríamos aquí y allá, en todas direcciones, montones de caballos ahogados; y entre ellos la tropa de novillos que el proveedor había reunido para el abasto de la División. El aire estaba infectado por las emanaciones de cinco mil animales en descomposición.
Cuando la noche empezó a tender su velo sobre la tierra, llegábamos al pie de las barrancas, a lugar de salvación. Diez horas de marcha angustiosa fueron precisas para alcanzar aquel refugio.

Allí, todos mojados, ateridos de frio, a la intemperie, olvidamos la fatiga del día y el peligro de antes para entregarnos al regocijo. Allí había bueyes: se carnearon, y cuando el corneta de ordenes tocaba retreta no había un hombre triste ni quejoso en la división. El churrasco se asaba en todos los fogones y la guitarra y el canto alegraban el espíritu de los soldados.

No se si todos dormirían profundamente – a pesar de no tener cama i trapo seco -, pero es indudable que ninguno dejó de soñar con el comisario pagador, cuya cara y cuyos pesos debíamos ver enseguida.

Al aclarar emprendimos nuevamente la marcha – siempre a pie – y a las diez de la mañana acampábamos en la vertiente de la sierra, al abrigo de todo arrebato del río Negro, y en donde se dijo que iba a levantarse de veras el pueblo Avellaneda.

Quince días después el rio volvió a desbordarse, y en esta nueva inundación el campamento que tuvimos desapareció completamente, cubierto por el agua.

Yo no dudo de la ciencia del ingeniero que nos encajó en el valle, pero tampoco creo que fue justo reírse de los indios que nos aconsejaban no poblar allí.


«La Conquista de la Pampa», Manuel Prado (Enero 1974). 1974LI0033

  1. A los pocos días de la llegada a Choele-Choel el comandante Sosa se ausentó para Buenos Aires, quedando al mando del cuerpo el mayor de Infantería D. Alejandro Montes de Oca, actualmente coronel y subinspector de su arma.
  2. Publicado este artículo en El Diario, el señor José Juan Biedma publicó en El Porvenir Militar una carta en la cual podrá el lector recrear la imaginación y el gusto, asistiendo al drama que con una verdad como galanura refiere Biedma. La incluimos en segunda, y es sin duda lo único que tiene verdadero merito en este librito.
  3. La carta citada de Biedma lo dice.